El valor del 'artwork'
Texto e ímagenes por Tony Torres (Malditos Pendejos y Five Strings Band)
Para alguien que lleva comprando discos desde que tiene uso de razón, como es mi caso y el de muchos de los que por aquí hablamos habitualmente, el valor de las carpetas de los LPs —e incluso de los singles— es incuestionable. A pesar de su menor tamaño, muchos de ellos son auténticas obras de arte.
En mi caso, llegué a comprar discos únicamente por su portada, sin haberlos escuchado previamente. Imaginaba que, si se había dedicado tanto tiempo y cariño a esa presentación, no podía ser malo lo que escondía en su interior. Evidentemente, eso no es una ciencia exacta y no siempre acerté, pero para un adolescente era un plus que la portada iluminase la vista. ‘Abominog’ de Uriah Heep o ‘No Mean City’ de Nazareth fueron dos claros ejemplos.
Fueron muchos los factores que me enamoraron del vinilo, y no solo la música, aunque está claro que era el principal motivo de compra. El envoltorio era la carta de presentación visual. Con doce o trece años, los diseños con músicos en directo o criaturas fantásticas de colores llamativos captaban toda mi atención; esos discos acababan viniendo a casa siempre que el bolsillo lo permitía. Con el tiempo, el gusto fue cambiando.
Descubrir el gatefold, esas carpetas desplegables que muchas veces eran dignas de enmarcar, hacía que pasase horas observándolas mientras el disco giraba en el plato. Las más especiales incluían recortables, libretos repletos de fotografías o arte interior con figuras desplegables que entonces me fascinaban y que, a día de hoy, siguen haciéndolo.
Debo reconocer que nunca he sido muy amigo de las carpetas basadas en un solo color como concepto de artwork. El ‘White Album’ de The Beatles, el ‘Black Album’ de Metallica o ‘The Long Run’ de Eagles, por citar tres ejemplos, no me atraen especialmente a nivel visual, aunque su contenido musical sea incuestionable y fundamental para mí. El caso distinto fue Back in Black de AC/DC, donde sí entendí el porqué de ese diseño minimalista. Aun así, siempre me ha parecido un pequeño desperdicio no aprovechar un lienzo tan generoso como el tamaño LP para plasmar arte gráfico en toda su dimensión. Pero, como siempre digo, todo va por gustos.
Hoy en día disfruto especialmente de las carpetas enigmáticas, esas que conoces desde hace años y que, con el tiempo y la curiosidad, vas desentrañando poco a poco. Un ejemplo perfecto es ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de The Beatles, donde aparece una muñeca de Shirley Temple luciendo un jersey con el mensaje “Welcome The Rolling Stones”. Meses después, los Rolling Stones respondieron con ‘Their Satanic Majesties Request’, un álbum tan colorido como el de los Beatles, en cuya portada se escondían los rostros de estos. Confieso que tardé bastante en darme cuenta.
Otro caso fascinante es el león de la portada del primer álbum de Santana. Si te detienes a observarlo con calma y lo separas un poco, descubrirás que está compuesto por nueve pequeñas caras. Y si afinas aún más la mirada, aparece el cuerpo de una mujer negra con los brazos cruzados formando la boca; la barbilla es una falda de hula y, debajo de esta, se distinguen las piernas y los pies.
Pues la verdad es que tardé lo mío. Durante años solo vi un león y nada más.
Algo parecido me ocurrió con el magnífico debut de Boston. Durante mucho tiempo vi únicamente una nave espacial envuelta en fuego azul, con un submundo en su interior. No fue hasta fijarme mejor cuando descubrí que aquellas naves eran, en realidad, guitarras volando por el espacio. La sorpresa fue mayúscula, sobre todo al pensar que seguramente muchos ya lo habían visto desde el primer día.
Podría seguir poniendo ejemplos durante largo rato, porque los creadores de estas portadas demostraron —y siguen demostrando— una imaginación prácticamente inagotable.
Existen también carpetas en las que lo verdaderamente distintivo no es la imagen en sí, sino la forma y las dimensiones. Muchas fueron concebidas para romper con el formato estándar del LP y así obligar a las tiendas a colocarlas en lugares más visibles, destacando entre miles de discos idénticos en tamaño. Sin duda, una estrategia de marketing tan sencilla como brillante. En estos formatos poco convencionales sobresale ‘Artaud’ de Pescado Rabioso, una de las portadas más impactantes que he visto jamás y que hoy está considerada una obra de arte.
Otro ejemplo inolvidable es el ‘Pluribus Funk’ de Grand Funk, con su carpeta circular en forma de moneda de plata, imposible de ignorar en cualquier tienda de discos.
Otras carpetas igualmente dignas de admiración, y que no puedo dejar en el olvido, son la de Led Zeppelin ‘III’, con su hipnótica rueda giratoria troquelada; la ya mítica cremallera de ‘Sticky Fingers’ de los Rolling Stones; el original y provocador formato de ‘School’s Out’ de Alice Cooper, que se abría como un pupitre escolar y escondía en su interior una braga, tan irreverente como inolvidable; y, cómo no, la absoluta hermosura de ‘Brain Salad Surgery’ de Emerson, Lake & Palmer, con esa inquietante cara mecánica troquelada que, al abrirse, dejaba al descubierto un rostro humano cargado de simbolismo.
Todos estos álbumes que nombro son auténticas obras maestras por la suma de todos sus elementos: música y diseño caminando de la mano. Dos artes distintas que, cuando se entienden y se respetan, logran algo irrepetible y convierten cada disco en un objeto único y eterno.
Al final, el vinilo no solo se escucha: se contempla, se toca y se descubre. Cada carpeta es una puerta de entrada a un universo que empieza antes de que la aguja roce el surco. Es memoria, es contexto y es arte detenido en el tiempo. Porque mientras los formatos pasan y la música se vuelve cada vez más intangible, el LP sigue recordándonos que hubo un tiempo en el que escuchar un disco era también sentarse, mirar, leer y dejarse llevar. Y quizá por eso, todavía hoy, no hay nada comparable a ese instante en el que sostienes una carpeta entre las manos y sientes que, antes incluso de sonar, ese disco ya te ha dicho algo.











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