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miércoles, 27 de mayo de 2026

El rey que se cansó de reinar

Que Jimi Hendrix fue único hasta el último de sus días no lo digo yo, lo dice la historia. Gran parte de ella está escrita gracias a su enorme aportación a la música. Por eso, el 17 de septiembre de 1970 es un día imposible de olvidar para much@s de los que amamos la guitarra, ya que con tan solo 27 años nos dejó.

Texto de Tony Torres (guitarrista de la Five Strings Band y malditos Pendejos)



Poniéndonos en contexto, sin necesidad de recordar toda la historia de Hendrix —ya conocida por la mayoría—, sí merece la pena detenerse en su etapa final, quizá la menos reconocida debido a su escasa duración. Band of Gypsys fue una necesidad para él. Necesitaba salir de un monopolio que lo tenía completamente atado. Incluso estaba inmerso en un proceso judicial con su antiguo mánager, conflicto que terminó resolviéndose entregándole un nuevo disco y logrando así liberarse de su manipulación. Ese fue el primer y único álbum oficial de Band of Gypsys: un directo grabado en el mítico Fillmore East.

A finales de 1968 y principios de 1969, Hendrix se sentía atrapado. Estaba cansado de ser un espectáculo de masas y del personaje que él mismo había creado. Todo eso lo frustraba profundamente. En esta etapa incluso debía escuchar desde el escenario gritos de parte del público como: “¡Quema la guitarra!” o “¡Jimi, toca con los dientes!”, y aquello era su propio infierno. En una entrevista para Rolling Stone llegó a declarar que solo querían ver a un “payaso del rock and roll”. Hasta ese punto se sentía incómodo.

En 1969 reclutó a dos músicos fascinantes: el bajista Billy Cox y el batería y cantante Buddy Miles. Dos músicos negros que aportaban otra visión y un nuevo matiz a su música, con un groove mucho más poderoso que conseguía que las improvisaciones sobre el escenario no tuviesen límites.

Fue una lástima que esta formación solo durase poco más de tres meses. La banda terminó deshaciéndose tras un concierto horrible en el que Hendrix apenas podía tocar debido a su estado por culpa de las sustancias, hasta el punto de que en ocasiones ni siquiera podía terminar los shows. Cabe recordar que falleció pocos meses después.

Además de la presión del público, el mánager tampoco ayudaba. Su deseo era despedir cuanto antes a los músicos negros que acompañaban a Hendrix, ya que consideraba que, con músicos blancos, la popularidad de Jimi era mucho mayor. Aun así, Hendrix se resistía a volver al pasado y decidió que Billy Cox continuase en la banda. Sin embargo, no pudo impedir que el mánager despidiese a Buddy Miles en cuanto tuvo la oportunidad. Por eso, durante sus últimos conciertos volvió a acompañarlo el enorme Mitch Mitchell a la batería, más adelante os contaré el desenlace de esta historia.

Como anécdota, es importante destacar que Miles Davis estuvo a punto de formar parte de la banda y convertirla en un cuarteto. Era un gran admirador de Hendrix, aunque la admiración y el respeto eran mutuos. Llegaron incluso a ensayar juntos, por desgracia, todo quedó en nada.

Esta corta etapa, y esto es solo una opinión personal, es donde Hendrix más experimentó con su sonido. Aquellas largas improvisaciones le permitieron desplegar todo su talento. Su agotamiento mental, paradójicamente, le benefició en un aspecto: dejó de tocar únicamente para el público. Por primera vez en mucho tiempo tocaba para sí mismo, y eso se nota al escuchar este fabuloso álbum grabado en el Fillmore East entre el 31 de diciembre de 1969 y el 1 de enero de 1970. En esos dos días realizaron cuatro conciertos, divididos en dos sesiones diarias, y este disco captura perfectamente lo que sucedió aquellas noches.

Si algo tenía claro Hendrix era que esta nueva etapa no iba a convertirse en un “grandes éxitos”. A pesar de la insistencia de su mánager, que quería convencerlo de que el público deseaba un gran show repleto de clásicos, Hendrix no dio su brazo a torcer y, como dije antes, tocó para sí mismo.

Aunque en ocasiones concedía algún clásico como “Voodoo Chile”, reinterpretado con una versión increíble llena de groove, o pequeñas apariciones de “Purple Haze” o “Foxy Lady”, casi nunca accedía a esas peticiones. Y sinceramente, me alegro de que tomase esa decisión. No porque no adore los clásicos de Jimi, sino porque gracias a ello pudimos descubrir una nueva etapa y una nueva forma de componer que me parece maravillosa.

Ahí aparecen joyas como “Who Knows”, “Machine Gun” —convertida ya en un clásico atemporal—, la soul “Power of Soul”, “Message to Love”, la improvisada “We Gotta Live Together” o “Stop”, con un inmenso Buddy Miles a la voz.

jueves, 21 de mayo de 2026

El colapso del blues

Soul to soul - Stevie Ray Vaughan.

Texto: Tony Torres (guitarra de la Five Strings Band y Malditos Pendejos)

Hablar de Stevie Ray Vaughan es hablar de una eminencia del Blues, aunque él llevaba su arte mucho más allá. No todos los músicos tienen el talento necesario para ser reconocidos con una simple nota, y SRV sin duda es de los pocos que logran eso; por ese motivo lo mantienen en el Olimpo al lado de Rory Gallagher, Santana o Jeff Beck, entre otros.

Soul to Soul es el álbum que me apetece sacar a la luz. Es su tercer disco y uno de mis favoritos, pero dejando claro que todo lo que hizo me encanta.

Soul to Soul es puramente Texas y en manos de SRV es tocar el infierno cada vez que suena: es puro pecado. Este álbum fue su cima en solitario y los excesos fueron algo constante en esta grabación. Su adicción y la del bajista Tommy Shannon era algo con lo que luchaban todos los que los rodeaban.

Aunque SRV era una persona sencilla y llevadera, su adicción hacía de él alguien descontrolado en horarios y complicado a la hora de tratar con el séquito que lo acompañaba en las giras, las cuales lo nutrían de todo menos de relajación. Así acabó, con un colapso en plena gira de este álbum, ingresado y avisado de que si esto no cambiaba el final de su carrera estaba cada vez más cerca. Por suerte pudo encauzar su camino y, entre caídas y subidas, nos pudo ofrecer algún álbum más antes de dejarnos por un maldito accidente aéreo.

Aquí por primera vez la banda se convierte en cuarteto al incluir a Reese Wynans como teclista, el cual consigue un protagonismo notable. Este álbum tiene muchas anécdotas, pero es destacable comentar que Stevie Ray Vaughan toca la batería en Empty Arms, y más curioso aún es la utilización de dos pedales de Wah-Wah —uno en cada pie y tocados a la vez— en el tema que abre el álbum, Say What!. Solo dale una escucha y flipa con cómo suena eso.

Gone Home tiene ese aire jazzero al que nadie lograba darle tanto swing blusero como Stevie lo hacía. Change It es tan tejana que se le reconoce desde la primera nota, aunque el estilo de los 50 de You'll Be Mine una vez más logra llevarlo a su terreno con tal facilidad que ya ni sorprende de lo que era capaz. ¡Vaya solazo de guitarra que suelta aquí el tío! Más feeling imposible. Esas cuerdas parecen gomas blandas y, sabiendo que utilizaba una tensión altísima y un grosor que asusta para dedos débiles y sensibles como los míos, ni me imagino lo que sería tocar eso con esa facilidad.

Aunque, como anécdota, contaré que yo tuve la suerte de tocar una de las guitarras de SRV con la que grabó su maravillosa canción Lenny... pero esta historia quedará para otro día, que valdrá la pena escribirla. 

Pues poco más podré decir de alguien que me tatué en el brazo hace más de 30 años y cuya admiración es uno de los motivos por los cuales tocar la guitarra es una de las cosas más importantes de mi vida.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Amarlo u odiarlo

Un viaje por la carretera del Blues

Texto y fotografía de Tony Torres (Guitarrista de la Fives Strings Band y Malditos Pendejos)


Dylan es uno de esos músicos que generan extremos: el que lo odia derrocha gran parte de su energía en demostrarlo al mundo, y los que lo adoran hacen exactamente lo mismo, pero en sentido contrario. En parte, ese amor-odio tan recurrente hacia la gente con talento es lo que los hace aún más grandes.

Yo no voy a negar que los pocos discos de Dylan que no me gustan me pueden llegar a aburrir, pero los que me gustan, que son muchos, me enloquecen. Highway 61 Revisited es de esos que me ponen las pilas en cada escucha.

Editado hace ya 60 años, está claro que el tiempo no le afecta; todo lo contrario, cada año suena más auténtico. Todo el mundo sabe que Dylan fue un innovador, y el que no lo sepa se lo digo yo: lo fue, y con mayúsculas. En Highway 61 Revisited abrió muchas puertas que estaban cerradas para un artista folk, y su faceta eléctrica floreció con elegancia. Parte del mérito lo tiene el guitarrista Mike Bloomfield, y sería injusto no reconocérselo.

Su lucha con la discográfica fue constante, ya que no entendían su obsesión por adentrarse en el blues cuando ya tenía un nombre dentro del folk. Pero poco le importó al joven Dylan: su decisión era firme, quería explorar nuevos caminos.

Este álbum es un cúmulo de improvisaciones. Desde la participación de Al Kooper, que por entonces apenas sabía tocar el piano ni el órgano y, sin embargo, fue clave en “Like a Rolling Stone”. Aunque estaba fuera de tempo en gran parte de la canción, a Dylan le encantaba ese sonido, pese a la insistencia del productor, que quería eliminarlo. Al final, se subió el volumen como ordenó el propio Dylan. Aun así, Paul Griffin llevó gran parte del peso en los pianos del resto del disco.
Cuentan que “Like a Rolling Stone” era originalmente un poema de más de 20 páginas que se redujo a varias estrofas, porque la canción habría sido interminable. Incluso el título del disco fue motivo de disputa con la discográfica, que no le veía futuro comercial. Una vez más, Dylan se salió con la suya, después de dejar claro que nadie le haría cambiar de opinión.

Sin abandonar su lucha, incluso la foto de portada fue casi un accidente. Una imagen improvisada, charlando mientras estaba sentado en unas escaleras, luciendo su camiseta de Triumph (qué buen gusto), y al fondo, las piernas de un amigo con una cámara de fotos. Fue la que eligió, ignorando por completo las imágenes de la costosa sesión oficial. Estaba claro que Dylan no estaba dispuesto a ceder ante nadie. Hoy, esa portada es icónica.

Pero lo mejor de toda esta historia es el contenido de Highway 61 Revisited: un disco basado en el blues eléctrico, plasmado en joyas enérgicas como “From a Buick 6”, “Tombstone Blues” o “Highway 61 Revisited”, que conviven con otras más reposadas como mi favorita del álbum, “Ballad of a Thin Man”, “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry” o la maravillosa y extensa “Desolation Row”.

Si a eso le sumamos la popular “Like a Rolling Stone” o la melancólica “Queen Jane Approximately”, tenemos lo que es: una obra de arte. Algunos lo verán como otro disco aburrido de Dylan; otros, como es mi caso, como una joya que disfruto como un crío cada vez que pongo la aguja sobre el vinilo.

Al final, todo depende de vosotros: descubrirlo y amarlo… o rechazarlo sin darle una oportunidad.

martes, 21 de abril de 2026

Reinventarse las veces que haga falta

Texto: Tony Torres (guitarrista de la Five Strings Band y Malditos Pendejos)


Sin duda, Ritchie Blackmore supo lo que quería durante toda su carrera. Y si no fue así, al menos yo me lo creí, porque pocos músicos han sido tan creativos e inspiradores como él.
Todavía no entiendo por qué no se le menciona constantemente como uno de los más grandes guitarristas de la historia. La única explicación que encuentro es que, posiblemente, sea porque sigue vivo. Y ojalá lo esté por muchos años.
Joe Lynn Turner tenía que volver a demostrar que no estaba en Rainbow por suerte o por capricho de Blackmore. Ya lo había hecho en Difficult to Cure, donde dejó claro que la elección era acertada y que su registro encajaba perfectamente con el sonido de principios de los 80. “Stone Cold” o “Tearin' Out My Heart” son dos canciones que, vocalmente, erizan la piel. Aun así, siempre fue un vocalista menos valorado por los seguidores, aunque también es lógico: calzarse los zapatos de Ronnie James Dio o Graham Bonnet no es fácil para nadie.
Posiblemente, Straight Between the Eyes sea mi disco favorito de esta etapa, aunque cualquiera de los tres es para enmarcar.
Producido por Roger Glover, se cuenta que Blackmore trabajó más que nunca en el estudio y que estaba algo obsesionado con el sonido que quería. Por eso repetía tomas una y otra vez, hasta el punto de que la banda llegaba a estar agotada, especialmente en una época sin apenas descanso entre giras y grabaciones.
En alguna entrevista, Turner comentaba que fue el disco en el que más química sintió con Blackmore, y que las ideas fluían de forma increíble. Sin embargo, parece que a Blackmore no le convencía del todo la elección de Bobby Rondinelli a la batería. Años después, él mismo reconoció que esa química entre ambos no llegó a existir, y que su forma de tocar no era exactamente lo que buscaba.
El propio Rondinelli también explicaba que donde más fricción había era en el proceso creativo. Blackmore podía cambiar arreglos en el último momento o descartar ideas sin demasiadas explicaciones, lo que resultaba frustrante. Pero estaba claro que estar en Rainbow implicaba estar al servicio de Blackmore o, de lo contrario, saber dónde estaba la salida. Así lo reconocía el propio Roger Glover, que era quien mejor conocía a Blackmore y ejercía como mediador la mayor parte del tiempo.
Aun con los problemas lógicos de una banda de éxito como Rainbow, Straight Between the Eyes es un álbum al que yo le doy un 10 de 10. Se habla mucho de su carácter comercial, pero se olvida que es un disco con una energía increíble, donde temas como “Power”, “Death Alley Driver”, “Miss Mistreated” o la épica “Eyes of Fire” están a la altura de las grandes canciones anteriores de la banda.
Incluso, poniéndose a analizar, “Bring On the Night” podría haber encajado perfectamente en Rising si hubiese sido interpretada por Dio. Y dicho esto, con todo el respeto al impecable trabajo de Turner, no puedo evitar pensar lo que habría sido este disco cantado íntegramente por Graham Bonnet. Creo, sin equivocarme demasiado, que hoy se consideraría una obra maestra absoluta.
Rainbow, la banda que nunca compuso un mal disco. ¿Cuántos pueden decir eso?

jueves, 16 de abril de 2026

Humo en el agua y fuego en el cielo.

El humo en el agua se hizo canción

Texto de Tony Torres (guitarrista de la Five Strings Band t Malditos Pendejos)


Existen canciones que crecen con nosotros y acaban formando parte de nuestras vidas. Pero cuando hablamos de álbumes completos, la cosa ya es otra historia. Ahí entran en juego esos discos únicos que no solo contienen grandes temas, sino que son una obra en sí mismos. Y uno de ellos es, sin duda, Machine Head de Deep Purple.

 


Un disco que bien podría ser un “grandes éxitos” de cualquier banda… pero no. Aquí todo pertenece a un mismo viaje, a un mismo momento irrepetible. Y muy pocos álbumes pueden llevar con tanta justicia la etiqueta de obra maestra.
La historia de su grabación es casi tan legendaria como el propio disco. El casino donde iban a grabar en Montreux ardió en un incendio que dio lugar a la inmortal “Smoke on the Water”, ese riff que nos enseñó a millones de personas a dar nuestros primeros pasos con la guitarra.
Tras aquello, la banda tuvo que buscar una alternativa y acabó grabando en un hotel cerrado por temporada, adaptando habitaciones y pasillos como pudieron. No fue fácil: el ruido provocaba constantes quejas y la policía aparecía una y otra vez. Ellos mismos contaban que grabar en esas condiciones fue un auténtico sacrificio.
Y, sin embargo, de ese caos nació la perfección.
No sabría decir cuáles son los discos más influyentes de la historia del rock, pero sí tengo claro que Machine Head es uno de ellos… y de los más importantes. No sobra una sola nota. Toda la banda está a un nivel absolutamente insuperable.
Porque, ¿quién puede competir con un álbum que contiene “Highway Star”, “Maybe I’m a Leo”, “Pictures of Home”, “Never Before”, “Smoke on the Water”, “Lazy” o “Space Truckin’”? Y por si fuera poco, en la cara B del single aparecía esa joya llamada “When a Blind Man Cries”, capaz de erizar la piel. El tono de guitarra de Ritchie Blackmore en ese tema sigue siendo, a día de hoy, pura envidia, al menos mía.
Hay discos que marcan una época, y otros, como este, marcan generaciones enteras.

martes, 7 de abril de 2026

Y con él cambió todo

Texto de Tony Torres (guitarra de Malditos Pendejos y la Five Strings Band)

Hay discos que marcan una época, y otros que te parten la cabeza en dos. Ride the Lightning es de los que cubren los dos ejemplos.

Todo el mundo habla de Kill ‘Em All como el inicio de algo grande, y lo es. Pero siendo sinceros, ahí Metallica aún eran una banda con hambre, velocidad y mala leche, sin más. El golpe real, el que me hace girar la cabeza, llegó con Ride the Lightning.
Recuerdo escuchar Kill ‘Em All y quedarme frío. No conecté. Se quedó en una estantería cogiendo polvo. Pero entonces cayó Ride the Lightning en mis manos y ahí sí. Ahí había algo diferente. Ya no era solo caña y velocidad: había oscuridad, melodía, intención. Canciones que respiraban, que te llevaban y no me soltaban. Esto ya jugaba en otra liga.
Con cuatro duros y muchas ideas, parieron un disco que suena a todo lo que el thrash podía ser, y a lo que aún no sabía que podía llegar a ser. Y sí, mucho de eso pasa por Cliff Burton. No era un bajista al uso. Era el tipo raro, el que escuchaba de todo, el que proponía cosas donde nadie más las veía o eso contaban. Pero tampoco nos engañemos: aquí todos estaban enchufados. Esto no es el disco de uno, es el momento en que cuatro tíos conectaron y todo les encajó.
El álbum no tiene descanso. Da igual por dónde lo cojas. Incluso “Escape”, que ellos mismos han querido enterrar, sigue teniendo más alma que la mayoría de cosas que hicieron después. Y luego están los himnos: “For Whom the Bell Tolls”, “Fade to Black”, “Creeping Death”, “Fight Fire with Fire” que no son canciones, son golpes en la mesa.
Para mí, este es el disco. Sí, Master of Puppets es intocable, perfecto, lo que quieras, pero Ride the Lightning tiene algo más peligroso, magia. De esa que no se puede repetir ni fabricar, solo sale si estás tocado por las musas y Metallica en ese momento lo estaban.
Y por eso jode tanto ver en qué se ha convertido la banda con los años. Ya no hay riesgo. Ya no hay hambre. Todo suena medido, controlado, correcto. Siguen mirando atrás, intentando reconectar con aquello, diciendo una y otra vez que vuelven a sus raíces, pero no, eso no vuelve, ya no está, posiblemente ser empresario antes que músico lleva a esas cosas.
Porque hay momentos que no se repiten.
Y discos como este pasan una vez y ya está.
Por esto Metallica siempre tendrá mi admiración y vuelvo al principio cuando quiero recordarlos.

jueves, 12 de febrero de 2026

Ética y lógica

Texto de Tony Torres, Guitarra de Malditos Pendejos y la Five Strings Band

Hoy voy a abrir un melón. Y no pienso hacerlo con cuidado. Voy a darle un machetazo y que salpique donde tenga que salpicar.



Hace poco volví a caer en la conversación eterna sobre el mundo de la música en directo: salas, público, bandas tributo, bandas de temas propios, cachés, consumiciones… el debate de siempre que todo músico ha tenido alguna vez en un camerino, en una furgoneta o en la barra de un bar después de tocar.

Pero esta vez quiero apartarme del punto de vista del público. No porque no sea importante, sino porque el público paga su entrada y tiene todo el derecho a disfrutar sin preocuparse de lo que ocurre detrás del escenario. Hoy quiero hablar del negocio. De lo que sostiene —o tambalea— la música en directo.

Las salas de conciertos son necesarias. Sin ellas, la música en vivo sería prácticamente inviable. Son espacios que requieren inversión, mantenimiento, personal, equipos técnicos, licencias, alquileres y un largo etcétera. Son empresas, y como cualquier empresa, necesitan ser rentables. Nadie monta un negocio para perder dinero.

Hasta ahí, todo lógico.

El problema empieza cuando miramos al otro lado del escenario.

Una banda no aparece por arte de magia. Detrás hay meses —a veces años— de ensayo, composición, inversión en instrumentos, grabaciones, diseño, promoción, desplazamientos, gasolina, alojamientos, comidas y horas robadas al descanso, al trabajo estable o incluso a la familia.

Y aun así, muchas bandas pagan por tocar, que son la mayoría. Este es el punto donde la lógica empieza a chirriar.

Cuando una banda llama a una sala, muchas veces recibe la misma respuesta: agenda completa durante meses. Sobre el papel parece una señal de buena salud cultural. Movimiento, actividad, música en directo… todo parece funcionar. Pero la realidad es más compleja.

Las salas se quejan de que el público consume poco.

Las bandas se quejan de que el público, muchas veces, ni siquiera aparece.

El resultado es un sistema donde ambos dependen el uno del otro, pero no siempre comparten el riesgo.

Existe un chiste recurrente entre músicos que, de tan repetido, ha dejado de ser gracioso: llegar a un concierto con miles de euros en equipo propio para terminar cobrando una cantidad simbólica… si es que se cobra algo.

Y aun así, los músicos siguen aceptándolo. No por falta de inteligencia. No por falta de orgullo, sino por algo mucho más peligroso: la pasión.

La música tiene esa capacidad de hacerte aceptar condiciones que jamás aceptarías en otro trabajo. Te convence de que el sacrificio forma parte del camino. Te hace pensar que perder dinero es, de algún modo, invertir en sueños.

Pero hay una pregunta incómoda que flota en el aire y que pocas veces se formula en voz alta:

¿Por qué el espacio físico tiene un precio… y el talento muchas veces no?

Las salas alquilan su infraestructura. Es comprensible.

Las bandas ofrecen su arte, su tiempo y su inversión, y con frecuencia deben pagar por hacerlo y sin cobrar nunca su esfuerzo. Ambas partes intentan mantener vivo su negocio. Ambas necesitan público. Ambas asumen riesgos. Pero el equilibrio entre esos riesgos rara vez es equitativo.

Es cierto que existen eventos seguros, propuesta artísticas  diseñadas para llenar locales con repertorios conocidos y fórmulas probadas. Son modelos legítimos, rentables y perfectamente respetables. Pero la música original juega en otra liga: la de la incertidumbre, la apuesta artística y la construcción lenta de un público.

Y es precisamente esa música la que más suele sostener el peso económico del sistema o la que más reconocimiento moral recibe, pero solo eso, moral.


Bandas que financian sus discos, ensayan durante meses, recorren cientos de kilómetros para tocar ante veinte, cincuenta o cien personas, sacrifican su estabilidad personal para defender un proyecto en el que creen. Bandas que, en demasiadas ocasiones, pagan por trabajar.

Llegados a este punto, la pregunta deja de ser económica y se vuelve ética. Si tanto salas como artistas luchan por sobrevivir dentro del mismo ecosistema cultural, ¿por qué uno de ellos debe asumir sistemáticamente el mayor coste?

Tal vez la respuesta esté en la saturación del circuito o en la falta de organización colectiva, o en la romantización del sacrificio artístico, o puede que en una mezcla incómoda de todo ello. Lo único evidente es que el equilibrio actual es frágil, porque sin artistas, las salas dejan de ser salas, se convierten en bares con música de fondo. Y sin salas, muchas bandas pierden su escaparate natural.

La música en directo no debería ser una batalla entre quienes ponen el escenario y quienes lo llenan de contenido. Debería ser una alianza donde ambos entiendan que dependen exactamente en la misma medida el uno del otro y si paga uno pues que pague el otro, es lo mas lógico.

Quizá el día que músicos y salas dejen de verse como proveedores y clientes, y empiecen a verse como socios culturales, el negocio será más sostenible, la escena más fuerte y la música… más viva.

Hasta entonces, seguiré dándole machetazos al melón, esperando que, entre salpicadura y salpicadura, alguien empiece a preguntarse si el reparto del fruto es realmente justo.

miércoles, 7 de enero de 2026

El valor del artwork

El valor del 'artwork'

Texto e ímagenes por Tony Torres (Malditos Pendejos y Five Strings Band)

Para alguien que lleva comprando discos desde que tiene uso de razón, como es mi caso y el de muchos de los que por aquí hablamos habitualmente, el valor de las carpetas de los LPs —e incluso de los singles— es incuestionable. A pesar de su menor tamaño, muchos de ellos son auténticas obras de arte.

En mi caso, llegué a comprar discos únicamente por su portada, sin haberlos escuchado previamente. Imaginaba que, si se había dedicado tanto tiempo y cariño a esa presentación, no podía ser malo lo que escondía en su interior. Evidentemente, eso no es una ciencia exacta y no siempre acerté, pero para un adolescente era un plus que la portada iluminase la vista. ‘Abominog’ de Uriah Heep o ‘No Mean City’ de Nazareth fueron dos claros ejemplos.

Fueron muchos los factores que me enamoraron del vinilo, y no solo la música, aunque está claro que era el principal motivo de compra. El envoltorio era la carta de presentación visual. Con doce o trece años, los diseños con músicos en directo o criaturas fantásticas de colores llamativos captaban toda mi atención; esos discos acababan viniendo a casa siempre que el bolsillo lo permitía. Con el tiempo, el gusto fue cambiando.

Descubrir el gatefold, esas carpetas desplegables que muchas veces eran dignas de enmarcar, hacía que pasase horas observándolas mientras el disco giraba en el plato. Las más especiales incluían recortables, libretos repletos de fotografías o arte interior con figuras desplegables que entonces me fascinaban y que, a día de hoy, siguen haciéndolo.

Debo reconocer que nunca he sido muy amigo de las carpetas basadas en un solo color como concepto de artwork. El ‘White Album’ de The Beatles, el ‘Black Album’ de Metallica o ‘The Long Run’ de Eagles, por citar tres ejemplos, no me atraen especialmente a nivel visual, aunque su contenido musical sea incuestionable y fundamental para mí. El caso distinto fue Back in Black de AC/DC, donde sí entendí el porqué de ese diseño minimalista. Aun así, siempre me ha parecido un pequeño desperdicio no aprovechar un lienzo tan generoso como el tamaño LP para plasmar arte gráfico en toda su dimensión. Pero, como siempre digo, todo va por gustos.

Hoy en día disfruto especialmente de las carpetas enigmáticas, esas que conoces desde hace años y que, con el tiempo y la curiosidad, vas desentrañando poco a poco. Un ejemplo perfecto es ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de The Beatles, donde aparece una muñeca de Shirley Temple luciendo un jersey con el mensaje “Welcome The Rolling Stones”. Meses después, los Rolling Stones respondieron con ‘Their Satanic Majesties Request’, un álbum tan colorido como el de los Beatles, en cuya portada se escondían los rostros de estos. Confieso que tardé bastante en darme cuenta.

Otro caso fascinante es el león de la portada del primer álbum de Santana. Si te detienes a observarlo con calma y lo separas un poco, descubrirás que está compuesto por nueve pequeñas caras. Y si afinas aún más la mirada, aparece el cuerpo de una mujer negra con los brazos cruzados formando la boca; la barbilla es una falda de hula y, debajo de esta, se distinguen las piernas y los pies.

Y alguno dirá: “¿No lo sabías?”.

Pues la verdad es que tardé lo mío. Durante años solo vi un león y nada más.

Algo parecido me ocurrió con el magnífico debut de Boston. Durante mucho tiempo vi únicamente una nave espacial envuelta en fuego azul, con un submundo en su interior. No fue hasta fijarme mejor cuando descubrí que aquellas naves eran, en realidad, guitarras volando por el espacio. La sorpresa fue mayúscula, sobre todo al pensar que seguramente muchos ya lo habían visto desde el primer día.

Podría seguir poniendo ejemplos durante largo rato, porque los creadores de estas portadas demostraron —y siguen demostrando— una imaginación prácticamente inagotable.

Existen también carpetas en las que lo verdaderamente distintivo no es la imagen en sí, sino la forma y las dimensiones. Muchas fueron concebidas para romper con el formato estándar del LP y así obligar a las tiendas a colocarlas en lugares más visibles, destacando entre miles de discos idénticos en tamaño. Sin duda, una estrategia de marketing tan sencilla como brillante. En estos formatos poco convencionales sobresale ‘Artaud’ de Pescado Rabioso, una de las portadas más impactantes que he visto jamás y que hoy está considerada una obra de arte.

Otro ejemplo inolvidable es el ‘Pluribus Funk’ de Grand Funk, con su carpeta circular en forma de moneda de plata, imposible de ignorar en cualquier tienda de discos.

También es justo mencionar a los primeros M-Clan, cuando aún no eran tan populares, que lanzaron su primer single con una carpeta triangular, a modo de cucurucho, tan original como efectiva. La intención era clara, y el resultado, más que acertado.
Otras carpetas igualmente dignas de admiración, y que no puedo dejar en el olvido, son la de Led Zeppelin ‘III’, con su hipnótica rueda giratoria troquelada; la ya mítica cremallera de ‘Sticky Fingers’ de los Rolling Stones; el original y provocador formato de ‘School’s Out’ de Alice Cooper, que se abría como un pupitre escolar y escondía en su interior una braga, tan irreverente como inolvidable; y, cómo no, la absoluta hermosura de ‘Brain Salad Surgery’ de Emerson, Lake & Palmer, con esa inquietante cara mecánica troquelada que, al abrirse, dejaba al descubierto un rostro humano cargado de simbolismo.

Y hablando de originalidad, poco hay que objetar a aquel periódico repleto de noticias absurdas, ironía y fino humor británico que Jethro Tull creó para ‘Thick as a Brick’, una obra que se lee, se escucha y se descubre con la misma devoción.

Todos estos álbumes que nombro son auténticas obras maestras por la suma de todos sus elementos: música y diseño caminando de la mano. Dos artes distintas que, cuando se entienden y se respetan, logran algo irrepetible y convierten cada disco en un objeto único y eterno.

Al final, el vinilo no solo se escucha: se contempla, se toca y se descubre. Cada carpeta es una puerta de entrada a un universo que empieza antes de que la aguja roce el surco. Es memoria, es contexto y es arte detenido en el tiempo. Porque mientras los formatos pasan y la música se vuelve cada vez más intangible, el LP sigue recordándonos que hubo un tiempo en el que escuchar un disco era también sentarse, mirar, leer y dejarse llevar. Y quizá por eso, todavía hoy, no hay nada comparable a ese instante en el que sostienes una carpeta entre las manos y sientes que, antes incluso de sonar, ese disco ya te ha dicho algo.

lunes, 3 de noviembre de 2025

En el silencio de la noche

 Adrian Vandenberg: My Whitesnake Years 
Sala Capitol, Santiago de Compostela. 02/11/2025

Texto y fotografías: Tony Torres.

Por motivos de salud no fue posible asistir al concierto de la Sala Capitol de Santiago en la noche de ayer, por lo que la asistencia del guitarrista Tony Torres (Malditos Pendejos, Five Strings Band) nos da una perspectiva nueva de este evento, y esto es lo que nos cuenta sobre lo sucedido en la noche de la capital gallega, no se puede pedir más.

Con un repertorio como este nada puede fallar. Debo reconocer que no es mi etapa favorita de Whitesnake, pero aun así me encanta y me trae a la memoria demasiados recuerdos, todos ellos fantásticos.

Me parece una gran idea que Adrian Vandenberg recupere estas canciones. Aunque no sea el autor de algunas, formó parte de aquellas giras y tiene todo el derecho de representarlas. Además, es una fiesta para sus seguidores —entre los que me incluyo—, así que My Whitesnake Years ya es una realidad y merece la pena.

Un domingo en la Sala Capitol de Santiago es el día elegido, y no podía haber mejor lugar para semejante concierto. Para los que tenemos complicado asistir a eventos por trabajo, un domingo es perfecto.

Muy buen ambiente para ser un día difícil: alrededor de un 60% de la sala, y con una mayoría de público que superábamos los 50 tacos, lógico. Este era un concierto totalmente old school. Cuando salieron estas canciones éramos veinteañeros, y ayer, aunque no físicamente, volvimos a serlo mental o moralmente.

A las 21:00 sale la banda al escenario, y ya pintaba que sería una gran noche. Bad Boys sirve como un gran arranque, aunque algo me sorprende: el sonido es bastante malo para ser en la Capitol, una sala que suele sonar tremendamente bien y rara vez defrauda. Aun así, la esperanza de que mejore seguía ahí.

Van cayendo los temas y la cosa no mejora mucho. Persiste esa “pelota” de graves y un volumen demasiado bajo para ser hard rock, al menos desde donde estábamos nosotros.

Caen grandes temas como 'Love Ain’t No Stranger', 'Here I Go Again', 'Is This Love', 'Fool for Your Loving', e incluso maravillas de su etapa en solitario como 'Your Love Is in Vain', que me encantó escuchar. Pero el sonido, aunque aceptable, no era bueno, y eso te deja un poco a medias como espectador.

Si algo es destacable del concierto, sin duda fue Mats Levén. Su trabajo vocal fue digno de una gran noche. No es Coverdale ni pretende serlo, interpreta las canciones tal como son, dándoles un toque personal, pero ciñéndose siempre a las melodías originales. De lo contrario, sería raro escuchar esos himnos de otra manera. Para mí, un trabajo excelente, tocar cada noche ese repertorio es más que exigente para un vocalista. El resto de músicos, sobresalientes. Tremendo animal el batería Koen Herfst, que tocó con una intensidad desbordante.

Ahora bien, ¿qué tal Adrian Vandenberg? —se preguntará quien lea esta crónica y no asistiera a los conciertos por España.

Pues siendo honesto, me dejó algo confuso. Entiendo que ya tiene 72 años (aunque ni de broma los aparenta; parezco yo más mayor que él), y es increíble verlo así de bien. Pero hay cosas que no se deben pasar por alto: algunos solos de guitarra forman parte esencial de la canción, y esos se los sabe tararear hasta el charcutero de mi barrio. No puedes tocar 'Is This Love' y no saberte el solo; es como si el cantante decidiera cantar otro estribillo de repente en un hit mundial. Eso le sucedió en varios momentos del show a Adrian, pero sólo lo menciono como apunte, porque en ningún momento decepcionó. Es un gran guitarrista, suena a clásico y fue toda una oportunidad ver tan de cerca a una leyenda del rock en tan buen momento.

Lo mejor llega a mitad del concierto, cuando el sonido por fin se soluciona y todo empieza a entenderse. La mezcla cobra sentido y, sin ser el mejor sonido que he escuchado en la Capitol, ahora se puede aprobar. 'Give Me All Your Love' o 'Crying in the Rain' suenan poderosas. El momento relajado con 'Sailing Ships' y la maravillosa 'Burning Heart' de su etapa en solitario me dejaron alucinado. Debería tocar más temas propios, son joyas que no deben caer en el olvido.

Uno de los grandes momentos para mí fue 'Judgement Day'. Como fan de Led Zeppelin, ese tema en directo es una locura, y la interpretación fue soberbia.

De repente, se escucha un grito en la sala:

—¡STILL OF THE NIGHT!


Proviene de un ferviente admirador a mi lado, que seguramente se quedó afónico una semana después. Hasta la banda lo observó desde el escenario.

Y dicho y hecho, ahí suena una impresionante 'Still of the Night', tocada con toda la actitud del mundo. A muchos de nosotros nos transportó a los ochenta. Yo volví a ser aquel crío que compró ese disco en 1987. Miro a un lado y veo al hombre que gritó, llorando, completamente emocionado. Fue entrañable ver a un adulto tan afectado por una canción. Sí, me gusta que la música provoque esos momentos.

Y llega la peor parte del concierto, el final. Se acabó, y nos quedamos —al menos yo— con ganas de más. Una hora y veinte minutos exactos se hacen cortos para repasar una etapa de Whitesnake. Faltaron muchas, lo sabía, pero aun así es poco. Sin embargo nadie protestó, nadie pidió más; parecía que todos sabíamos que, tras ese himno era momento de coger el coche y volver a casa.

En resumen, me encantan este tipo de conciertos. Ahora sería complicado ver a Whitesnake —por suerte los disfruté muchas veces en directo—, pero este tipo de propuestas me gustan. Te transportan a buenos recuerdos y, además, te reencuentran con amigos y conocidos, convirtiendo la noche en algo inolvidable.

Si la gira My Whitesnake Years pasa por tu ciudad y te lo estás pensando... no te la pierdas.

Repertorio: Fool for your loving / Love in vain / Love ain't no stranger / Is this love / Gimme all your love / Drum solo / Judgement day / Adagio / Crying in the rain / Here I go again / Sailing / Burning heart / Still of the night.

SEGUIREMOS GRITANDO: ¡QUÉ NO PARE LA MÚSICA! ¡QUÉ NO PARE LA CULTURA! ¡QUÉ NO PARE ADRIAN VANDENBERG!


Nuestro más sincero agradecimiento a Tony Torres por esta crónica.

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