miércoles, 6 de mayo de 2026
Amarlo u odiarlo
jueves, 12 de febrero de 2026
Ética y lógica
Texto de Tony Torres, Guitarra de Malditos Pendejos y la Five Strings Band
Hoy voy a abrir un melón. Y no pienso hacerlo con cuidado. Voy a darle un machetazo y que salpique donde tenga que salpicar.
Hace poco volví a caer en la conversación eterna sobre el mundo de la música en directo: salas, público, bandas tributo, bandas de temas propios, cachés, consumiciones… el debate de siempre que todo músico ha tenido alguna vez en un camerino, en una furgoneta o en la barra de un bar después de tocar.
Pero esta vez quiero apartarme del punto de vista del público. No porque no sea importante, sino porque el público paga su entrada y tiene todo el derecho a disfrutar sin preocuparse de lo que ocurre detrás del escenario. Hoy quiero hablar del negocio. De lo que sostiene —o tambalea— la música en directo.
Las salas de conciertos son necesarias. Sin ellas, la música en vivo sería prácticamente inviable. Son espacios que requieren inversión, mantenimiento, personal, equipos técnicos, licencias, alquileres y un largo etcétera. Son empresas, y como cualquier empresa, necesitan ser rentables. Nadie monta un negocio para perder dinero.
Hasta ahí, todo lógico.
El problema empieza cuando miramos al otro lado del escenario.
Una banda no aparece por arte de magia. Detrás hay meses —a veces años— de ensayo, composición, inversión en instrumentos, grabaciones, diseño, promoción, desplazamientos, gasolina, alojamientos, comidas y horas robadas al descanso, al trabajo estable o incluso a la familia.
Y aun así, muchas bandas pagan por tocar, que son la mayoría. Este es el punto donde la lógica empieza a chirriar.
Cuando una banda llama a una sala, muchas veces recibe la misma respuesta: agenda completa durante meses. Sobre el papel parece una señal de buena salud cultural. Movimiento, actividad, música en directo… todo parece funcionar. Pero la realidad es más compleja.
Las salas se quejan de que el público consume poco.
Las bandas se quejan de que el público, muchas veces, ni siquiera aparece.
El resultado es un sistema donde ambos dependen el uno del otro, pero no siempre comparten el riesgo.
Existe un chiste recurrente entre músicos que, de tan repetido, ha dejado de ser gracioso: llegar a un concierto con miles de euros en equipo propio para terminar cobrando una cantidad simbólica… si es que se cobra algo.
Y aun así, los músicos siguen aceptándolo. No por falta de inteligencia. No por falta de orgullo, sino por algo mucho más peligroso: la pasión.
La música tiene esa capacidad de hacerte aceptar condiciones que jamás aceptarías en otro trabajo. Te convence de que el sacrificio forma parte del camino. Te hace pensar que perder dinero es, de algún modo, invertir en sueños.
Pero hay una pregunta incómoda que flota en el aire y que pocas veces se formula en voz alta:
¿Por qué el espacio físico tiene un precio… y el talento muchas veces no?
Las salas alquilan su infraestructura. Es comprensible.
Las bandas ofrecen su arte, su tiempo y su inversión, y con frecuencia deben pagar por hacerlo y sin cobrar nunca su esfuerzo. Ambas partes intentan mantener vivo su negocio. Ambas necesitan público. Ambas asumen riesgos. Pero el equilibrio entre esos riesgos rara vez es equitativo.
Es cierto que existen eventos seguros, propuesta artísticas diseñadas para llenar locales con repertorios conocidos y fórmulas probadas. Son modelos legítimos, rentables y perfectamente respetables. Pero la música original juega en otra liga: la de la incertidumbre, la apuesta artística y la construcción lenta de un público.
Y es precisamente esa música la que más suele sostener el peso económico del sistema o la que más reconocimiento moral recibe, pero solo eso, moral.
Bandas que financian sus discos, ensayan durante meses, recorren cientos de kilómetros para tocar ante veinte, cincuenta o cien personas, sacrifican su estabilidad personal para defender un proyecto en el que creen. Bandas que, en demasiadas ocasiones, pagan por trabajar.
Llegados a este punto, la pregunta deja de ser económica y se vuelve ética. Si tanto salas como artistas luchan por sobrevivir dentro del mismo ecosistema cultural, ¿por qué uno de ellos debe asumir sistemáticamente el mayor coste?
Tal vez la respuesta esté en la saturación del circuito o en la falta de organización colectiva, o en la romantización del sacrificio artístico, o puede que en una mezcla incómoda de todo ello. Lo único evidente es que el equilibrio actual es frágil, porque sin artistas, las salas dejan de ser salas, se convierten en bares con música de fondo. Y sin salas, muchas bandas pierden su escaparate natural.La música en directo no debería ser una batalla entre quienes ponen el escenario y quienes lo llenan de contenido. Debería ser una alianza donde ambos entiendan que dependen exactamente en la misma medida el uno del otro y si paga uno pues que pague el otro, es lo mas lógico.
Quizá el día que músicos y salas dejen de verse como proveedores y clientes, y empiecen a verse como socios culturales, el negocio será más sostenible, la escena más fuerte y la música… más viva.
Hasta entonces, seguiré dándole machetazos al melón, esperando que, entre salpicadura y salpicadura, alguien empiece a preguntarse si el reparto del fruto es realmente justo.
miércoles, 7 de enero de 2026
El valor del artwork
El valor del 'artwork'
Pues la verdad es que tardé lo mío. Durante años solo vi un león y nada más.
lunes, 3 de noviembre de 2025
En el silencio de la noche
Adrian Vandenberg: My Whitesnake Years Sala Capitol,
Santiago de Compostela. 02/11/2025
Texto y fotografías: Tony Torres.
Con un repertorio como este nada puede fallar. Debo reconocer que no es mi etapa favorita de Whitesnake, pero aun así me encanta y me trae a la memoria demasiados recuerdos, todos ellos fantásticos.
Me parece una gran idea que Adrian Vandenberg recupere estas
canciones. Aunque no sea el autor de algunas, formó parte de aquellas giras y
tiene todo el derecho de representarlas. Además, es una fiesta para sus
seguidores —entre los que me incluyo—, así que My Whitesnake Years ya es una
realidad y merece la pena.
Un domingo en la Sala Capitol de Santiago es el día elegido,
y no podía haber mejor lugar para semejante concierto. Para los que tenemos
complicado asistir a eventos por trabajo, un domingo es perfecto.
Muy buen ambiente para ser un día difícil: alrededor de un
60% de la sala, y con una mayoría de público que superábamos los 50 tacos,
lógico. Este era un concierto totalmente old school. Cuando salieron estas
canciones éramos veinteañeros, y ayer, aunque no físicamente, volvimos a serlo
mental o moralmente.
A las 21:00 sale la banda al escenario, y ya pintaba que
sería una gran noche. Bad Boys sirve como un gran arranque, aunque algo me
sorprende: el sonido es bastante malo para ser en la Capitol, una sala que
suele sonar tremendamente bien y rara vez defrauda. Aun así, la esperanza de
que mejore seguía ahí.
Van cayendo los temas y la cosa no mejora mucho. Persiste
esa “pelota” de graves y un volumen demasiado bajo para ser hard rock, al menos
desde donde estábamos nosotros.
Caen grandes temas como 'Love Ain’t No Stranger', 'Here I Go Again', 'Is This Love', 'Fool for Your Loving', e incluso maravillas de su etapa en
solitario como 'Your Love Is in Vain', que me encantó escuchar. Pero el sonido,
aunque aceptable, no era bueno, y eso te deja un poco a medias como espectador.
Ahora bien, ¿qué tal Adrian Vandenberg? —se preguntará quien
lea esta crónica y no asistiera a los conciertos por España.
Pues siendo honesto, me dejó algo confuso. Entiendo que ya tiene 72 años (aunque ni de broma los aparenta; parezco yo más mayor que él), y es increíble verlo así de bien. Pero hay cosas que no se deben pasar por alto: algunos solos de guitarra forman parte esencial de la canción, y esos se los sabe tararear hasta el charcutero de mi barrio. No puedes tocar 'Is This Love' y no saberte el solo; es como si el cantante decidiera cantar otro estribillo de repente en un hit mundial. Eso le sucedió en varios momentos del show a Adrian, pero sólo lo menciono como apunte, porque en ningún momento decepcionó. Es un gran guitarrista, suena a clásico y fue toda una oportunidad ver tan de cerca a una leyenda del rock en tan buen momento.
Lo mejor llega a mitad del concierto, cuando el sonido por
fin se soluciona y todo empieza a entenderse. La mezcla cobra sentido y, sin
ser el mejor sonido que he escuchado en la Capitol, ahora se puede aprobar. 'Give Me All Your Love' o 'Crying in the Rain' suenan poderosas. El momento
relajado con 'Sailing Ships' y la maravillosa 'Burning Heart' de su etapa en
solitario me dejaron alucinado. Debería tocar más temas propios, son
joyas que no deben caer en el olvido.
Uno de los grandes momentos para mí fue 'Judgement Day'. Como
fan de Led Zeppelin, ese tema en directo es una locura, y la interpretación fue
soberbia.
De repente, se escucha un grito en la sala:
—¡STILL OF THE NIGHT!
Proviene de un ferviente admirador a mi lado, que
seguramente se quedó afónico una semana después. Hasta la banda lo observó
desde el escenario.
Y dicho y hecho, ahí suena una impresionante 'Still of the
Night', tocada con toda la actitud del mundo. A muchos de nosotros nos transportó a los ochenta. Yo volví a ser aquel crío que compró ese disco en 1987. Miro
a un lado y veo al hombre que gritó, llorando, completamente emocionado. Fue
entrañable ver a un adulto tan afectado por una canción. Sí, me gusta que la
música provoque esos momentos.
Y llega la peor parte del concierto, el final. Se acabó, y nos quedamos —al menos yo— con ganas de más. Una hora y veinte minutos exactos se hacen cortos para repasar una etapa de Whitesnake. Faltaron muchas, lo sabía, pero aun así es poco. Sin embargo nadie protestó, nadie pidió más; parecía que todos sabíamos que, tras ese himno era momento de coger el coche y volver a casa.
En resumen, me encantan este tipo de conciertos. Ahora sería
complicado ver a Whitesnake —por suerte los disfruté muchas veces en directo—,
pero este tipo de propuestas me gustan. Te transportan a buenos recuerdos y,
además, te reencuentran con amigos y conocidos, convirtiendo la noche en algo
inolvidable.
Si la gira My Whitesnake Years pasa por tu ciudad y te lo
estás pensando... no te la pierdas.
Repertorio: Fool for your loving / Love in vain / Love ain't no stranger / Is this love / Gimme all your love / Drum solo / Judgement day / Adagio / Crying in the rain / Here I go again / Sailing / Burning heart / Still of the night.
SEGUIREMOS GRITANDO: ¡QUÉ NO PARE LA MÚSICA! ¡QUÉ NO PARE LA CULTURA! ¡QUÉ NO PARE ADRIAN VANDENBERG!
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