Texto de Tony Torres, Guitarra de Malditos Pendejos y la Five Strings Band
Hoy voy a abrir un melón. Y no pienso hacerlo con cuidado. Voy a darle un machetazo y que salpique donde tenga que salpicar.
Hace poco volví a caer en la conversación eterna sobre el mundo de la música en directo: salas, público, bandas tributo, bandas de temas propios, cachés, consumiciones… el debate de siempre que todo músico ha tenido alguna vez en un camerino, en una furgoneta o en la barra de un bar después de tocar.
Pero esta vez quiero apartarme del punto de vista del público. No porque no sea importante, sino porque el público paga su entrada y tiene todo el derecho a disfrutar sin preocuparse de lo que ocurre detrás del escenario. Hoy quiero hablar del negocio. De lo que sostiene —o tambalea— la música en directo.
Las salas de conciertos son necesarias. Sin ellas, la música en vivo sería prácticamente inviable. Son espacios que requieren inversión, mantenimiento, personal, equipos técnicos, licencias, alquileres y un largo etcétera. Son empresas, y como cualquier empresa, necesitan ser rentables. Nadie monta un negocio para perder dinero.
Hasta ahí, todo lógico.
El problema empieza cuando miramos al otro lado del escenario.
Una banda no aparece por arte de magia. Detrás hay meses —a veces años— de ensayo, composición, inversión en instrumentos, grabaciones, diseño, promoción, desplazamientos, gasolina, alojamientos, comidas y horas robadas al descanso, al trabajo estable o incluso a la familia.
Y aun así, muchas bandas pagan por tocar, que son la mayoría. Este es el punto donde la lógica empieza a chirriar.
Cuando una banda llama a una sala, muchas veces recibe la misma respuesta: agenda completa durante meses. Sobre el papel parece una señal de buena salud cultural. Movimiento, actividad, música en directo… todo parece funcionar. Pero la realidad es más compleja.
Las salas se quejan de que el público consume poco.
Las bandas se quejan de que el público, muchas veces, ni siquiera aparece.
El resultado es un sistema donde ambos dependen el uno del otro, pero no siempre comparten el riesgo.
Existe un chiste recurrente entre músicos que, de tan repetido, ha dejado de ser gracioso: llegar a un concierto con miles de euros en equipo propio para terminar cobrando una cantidad simbólica… si es que se cobra algo.
Y aun así, los músicos siguen aceptándolo. No por falta de inteligencia. No por falta de orgullo, sino por algo mucho más peligroso: la pasión.
La música tiene esa capacidad de hacerte aceptar condiciones que jamás aceptarías en otro trabajo. Te convence de que el sacrificio forma parte del camino. Te hace pensar que perder dinero es, de algún modo, invertir en sueños.
Pero hay una pregunta incómoda que flota en el aire y que pocas veces se formula en voz alta:
¿Por qué el espacio físico tiene un precio… y el talento muchas veces no?
Las salas alquilan su infraestructura. Es comprensible.
Las bandas ofrecen su arte, su tiempo y su inversión, y con frecuencia deben pagar por hacerlo y sin cobrar nunca su esfuerzo. Ambas partes intentan mantener vivo su negocio. Ambas necesitan público. Ambas asumen riesgos. Pero el equilibrio entre esos riesgos rara vez es equitativo.
Es cierto que existen eventos seguros, propuesta artísticas diseñadas para llenar locales con repertorios conocidos y fórmulas probadas. Son modelos legítimos, rentables y perfectamente respetables. Pero la música original juega en otra liga: la de la incertidumbre, la apuesta artística y la construcción lenta de un público.
Y es precisamente esa música la que más suele sostener el peso económico del sistema o la que más reconocimiento moral recibe, pero solo eso, moral.
Bandas que financian sus discos, ensayan durante meses, recorren cientos de kilómetros para tocar ante veinte, cincuenta o cien personas, sacrifican su estabilidad personal para defender un proyecto en el que creen. Bandas que, en demasiadas ocasiones, pagan por trabajar.
Llegados a este punto, la pregunta deja de ser económica y se vuelve ética. Si tanto salas como artistas luchan por sobrevivir dentro del mismo ecosistema cultural, ¿por qué uno de ellos debe asumir sistemáticamente el mayor coste?
Tal vez la respuesta esté en la saturación del circuito o en la falta de organización colectiva, o en la romantización del sacrificio artístico, o puede que en una mezcla incómoda de todo ello. Lo único evidente es que el equilibrio actual es frágil, porque sin artistas, las salas dejan de ser salas, se convierten en bares con música de fondo. Y sin salas, muchas bandas pierden su escaparate natural.La música en directo no debería ser una batalla entre quienes ponen el escenario y quienes lo llenan de contenido. Debería ser una alianza donde ambos entiendan que dependen exactamente en la misma medida el uno del otro y si paga uno pues que pague el otro, es lo mas lógico.
Quizá el día que músicos y salas dejen de verse como proveedores y clientes, y empiecen a verse como socios culturales, el negocio será más sostenible, la escena más fuerte y la música… más viva.
Hasta entonces, seguiré dándole machetazos al melón, esperando que, entre salpicadura y salpicadura, alguien empiece a preguntarse si el reparto del fruto es realmente justo.













